viernes 10 de julio de 2009

Personas y personajes

Nuestras vidas –sí, en el fondo esto es otra filosofada de las mías–, están repletas de personas. Son las personas las que hacen, en verdad, que nuestras vidas cuenten y valgan las pena. Personas que van y vienen, personas que aparecen de pronto y se esfuman sin decir ni pío. Personas que se quedan, y ojalá que de allí no se mueven.
Pero no todo son personas. También hay personajes. Y éstos, aunque en menor medida, también le dan su puntillo a la cosa. Algunos, si los vemos a diario, pueden llegar a hacerse un hueco en nuestras vidas. Entonces, muchas veces, pierden parte de su gracia. Nos acostumbramos a ellos los vemos más personas que personajes. Otros, no, y se convierten en un personaje anecdótico, que igual sólo has visto una vez pero, por lo que sea, te apetecería volver a encontrarte. Éste último es el caso que me ocurrió hace un par de días, en el metro, de camino al centro.
Andaba yo leyendo, como siempre, apoyado en el primer y único sitio vacio del vagón que encontré; precisamente, junto a unas de las puertas de acceso. El metro paró en Jaume I, creo, y de pronto se subió nuestro héroe.
Era un tipo alto y delgado, de cuarenta y pocos. Llevaba, y no bromeo, el pelo hacia atrás, totalmente engominado (he de decir que por un segundo dudé si eso era gomina o grasa de caballo), bigotito fino perfilado por encima del labio, que seguía hasta la comisura de la boca, y largas y frondosas patillas negras. La cara, brillante por el calor y con el ceño fruncido, apenas se dejaba ver tras unas enormes Rayban de aviador, talla grande, por supuesto. El tipo llevaba puesta una camisa de manga corta de color naranja, el cuello levantado hasta la altura de las orejas y cuatro botones desabrochados, y qué decir tiene. Unos tejanos oscuros ajustados y unos zapatos de piel, acabados en punta e inmaculadamente blancos.
Esbocé una sonrisa sólo de verlo e intenté concentrarme en la lectura para no partirme ahí mismo. Entonces, el personaje empezó a mover el cuello, como si estuviera bailando una música que nadie más oía. Miré a mi alrededor y vi que algunos pasajeros lo miraban con expresión extraña. Algunos giraban la cara para no reirse en su cara.
Tras unos segundos de baile de San Vito, el tío se detuvo de repente, y pegó un estruendoso bostezo. Como respuesta, tres o cuatro personas que estaban cerca bostezaron también, todo cubriéndose con la mano.
Sonreí de nuevo y miré a mi derecha, estabamos frenando al tiempo que entrabamos en la siguiente parada. Vi un cartel que anunciaba la película Pagafantas. Pensé que no podía haber sido más oportuno.
Cerré el libro y, mientras el tío se daba la vuelta para encarársele a la puerta de entrada, todo esto sin dejar de mover con un ritmo extraño el pie derecho, me quedé unos segundos mirando el título: "La conjura de los necios". Vale, qué pasa hoy, pensé, todo el mundo se mueve para que lea justo lo que está pasando, o qué.
Nuestro personaje bajó del tren (dispuesto a seguir dando la nota por allí donde pasara) casi por la fuerza, sin reparar en la gente que –inteligentes estos, también– se atrincheraban frente a la puerta, ansiosos por tomar un buen sitio.
Me apeé también del vagón pensando en esas sabias palabras que dijo una vez mi abuela, en referencia a otro personaje que yo me sé "desde luego, si estás en el mundo es porque debe haber de tó'". Di que sí.



Pd. Para los escépticos, la anécdota es real y fue tal y cómo la cuento xD
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Ahora suena: Goodbye My Lover - James Blunt (Y ya ha pasado un año de aquella noche. Qué grande fue!)

1 Comentário:

Slaty dijo...

Hay gente pa' todo, tu abuela ya tenía razón la primera vez que lo dijo y si hubiese estado allí contigo también hubiera acertado.

Por cierto, si me pusiese a hablar de los personajes que me he encontrado en mi vida (o,mejor dicho, en los metros), podría escribir un libro! xD

T'e!

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