Timbrazos
Tras muchas copas, empezamos, como decía el maestro Sabina, a besarnos en cada farola de camino, no esta vez a un hotel, sino a su casa. No hubo discusiones de “en tu casa o en la mía”, simplemente me dejé llevar. O eso creo recordar.
Al poco rato, estaba retorciéndome con ella, toda pantalones estrechisimos y camisetas unimanguiles, en el portal, ella buscando las llaves con una mano mientras con la otra me arañaba la nuca con delicadeza, yo explorando su anatomía de curvas, cuando ella echó la cabeza hacia atrás. El momento en que acerté a besar un punto determinado de su cuello olor arroz con leche. Uff, eso sí lo recuerdo.
Las brumas de los Ballantine’s en ayunas retumban en la cabeza aún.
Mientras, alrededor de nuestra burbuja de portal, iban y venían individuos anónimos y gente del vecindario, con expresión entre sorprendida y borracha.
Me acuerdo de como empezó a susurrarme en la oreja.
Una vida de perversiones no realizadas, de relatos censurados, de fantasías adolescentes saliendo a la superficie empujadas por unos tragos u un beso localizado y certero.
Susurraba al principio cosas nunca dichas, secretos de pestillo y puerta, después alzaba la voz, perdiendo un poco el control, inundándome la oreja de calor y alcohol y palabras manchadas.
Mi oreja ardía y el incendio quemaba con rapidez, se movía por el cuerpo y ahora todo era humo y confusión. Podéis llamarme La Antorcha Humana.
Su cabeza tocaba alguna que otra vez los timbres de ese edificio. Los vecinos contestaban por el interfono balbuceos semidormidos, con voces de manta y edredón, con pinta de haber salido de repente de un largo sueño profundo, en letargo, preguntándose de quién seria a aquellas horas esa voz obscena y nueva, encendiendo y soplando fuegos, pegada irremediablemente a un cuerpo hecho ya hierba seca y rama rota y carbón vegetal y cenizas esparcidas a los cuatro vientos en la oscura noche.





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