martes 11 de diciembre de 2007

Trainspotting: Begbie (2ª Parte)

A la mierda. Creo que la única solución para conseguir algo de jaco rápido y decente es contactar con El Lerdo, un mangui de la zona baja que es un habitual compañero de birras y peleas del Generalísimo Franco, Begbie.
Frank Begbie está chalado, completamente majara e ido. Nunca le pega a las drogas, dice que es pura química y pasa de embotarse el cuerpo con esa mierda. Sin embargo raro es el día que no se bebe unos tres litros de cualquier bebida alcohólica que se le ponga a tiro.
Él se cree que tiene un montón de amigos. Falso, sus supuestos amigos le tememos más que otra cosa. Nunca sabes como puede reaccionar el jodido chiflado. Si dices algo que no es de su agrado te arriesgas a recibir una o varias hostias, con un poco de suerte, es posible que llegues a casa sin morados en los brazos por los repentinos "toques de colega" que te da. Extrovertido, charlatán y fantasma. Su filosofia con las mujeres es impactante: 'trata a las princesas como putas y a las putas como princesas'.
Vaya elemento.

Pero cuando estás desesperado cualquier salida es buena, así que me reuno con él en el Moloka, cuando pregunto a Jim por él, me dice que cree que está en el servicio, haciendo de las suyas.
Así es, si no es por mi, un jodido turista yankee se hubiera ido a casa con un puñado de puntos repartidos por el cuerpo. El muy cabrón está pasándole a cuchillo sólo por qué el ingenuo y valiente soplapollas americano no le ha querido dar su cartera cuando Begbie, amablemente, se la pidió.
Cuando le agarro el brazo, se gira de repente y me pregunta escupiendome en la cara si yo también quiero un poco. Este imbécil no reconocería ni a su santa madre cuando se le va, no hay quisqui que pueda pararle.
Fuera, le pregunto por El Lerdo mientras el cuenta el fajo de billetes del tal Nathan Cohen, de Iowa, me dice que precisamente está en el Moloka, así que vuelvo a entrar.
"Cuanto quieres", me dice el tipo, no parece una pregunta. Gordo sarnoso recubierto de granos. No entra dentro del arquetipo yonqui de 60 kilos con 501 estrechísimos y harapientos.
"¿Cuanto tienes?" respuesta rápida y convincente. El gordo no duda ni un instante en sacarme lo mejor que lleva dentro. Metafóricamente hablando.

Con 30 libras menos, obtenidas gracias a la pensión por desempleo (tengo 5 subsidios distintos, uno aquí, en Edimburgo, otro en Glasgow, uno en Manchester y dos más en Londres. No hay como vivir del gobierno del jodido Jack), me dirijo a casa de la Madre Superiora, por el camino encuentro a Spud tirado entre dos coches aparcados y balbuceando chorradas. Creo que ni siquiera me ve, va tan ciego el pobre...

Busco una vena de mi brazo derecho, es jodido encontrarmelas, mis cloacas están más escondidas que la mayoría de la gente. En casos extremos me he tenido que chutar directamente desde la minga, pero tengo que dejar de hacerlo. Si me rasco se infectará.
Cuando por fin la encuentro, extraigo unos pocos decilitros de sangre antes de dejar que el veneno penetre en mi. La bajada es gradual, como reposar sobre un tupido jardin repleto de petalos de rosa. No se si vuelo, floto, levito o si me acabo de estampar contra el frio suelo embaldosado de la cocina.
Sólo se que, de nuevo, soy libre.












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Ahora suena: Underworld - Born Slippy

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